¿Puede curar la comida? Ángeles Menéndez Patterson publica un manual divulgativo sobre los alimentos funcionales

Ángeles Menéndez Patterson. Foto: Pablo Lorenzana

Ángeles Menéndez Patterson. Foto: Pablo Lorenzana

Nutracéuticos, farmaalimentos, alimentos de diseño, alimentos funcionales. Varias formas de llamar a lo mismo. Son, por decirlo de manera simple, productos con capacidad para prevenir enfermedades o aliviar síntomas. Alimentos a los que se añaden bacterias, vitaminas, minerales, antioxidantes, ácidos grasos, fitoquímicos. Los estantes de los supermercados –quizá no se hayan dado cuenta– pero están cada vez más llenos de este tipo de alimentos.

María Ángeles Menéndez Patterson, catedrática de Fisiología del departamento de Biología Funcional de la Universidad de Oviedo, los conoce bien. Patterson acaba de publicar el libro Los alimentos funcionales: nuevos alimentos para un nuevo estilo de vida, coeditado por Trea y la Fundación Alimerka. El manual tiene carácter divulgativo. Pretende arrojar algo de luz sobre un tema, el de los alimentos de diseño, aún desconocidos para el gran público.

Pablo Zariquiegui / Asturias 24
Menéndez Patterson se atreve con un consejo: “Si no los necesitas, no los tomes. Y si los tomas, infórmate de lo que tomas”. Y recuerda que “la dosis hace el veneno”. Dicho de forma más gráfica, de nada sirve hartarse de huevos con beicon, por poner un ejemplo, y tomarse luego un tsunami de bebidas con estanoles para bajar el colesterol.

Como en todo, también en los alimentos funcionales debe imperar el sentido común. “Si no consumes pescado azul porque eres alérgico, por ejemplo,  tiene sentido tomar alimentos enriquecidos con omega tres; o si tienes un nivel de colesterol ligeramente alto, algún alimento que contenga estanoles”.

La normativa del etiquetado juega además ya a favor del consumidor. La Unión Europea aprobó en 2006-2007 una regulación que obliga a las compañías alimentarias a demostrar que lo que dicen en su etiquetado es cierto, se ha demostrado. “Si un yogur asegura que baja un 10% los niveles de colesterol, tiene que haberse probado antes”, comenta Patterson.

Los alimentos funcionales, pese que suenan a nuevos, no lo son tanto. Nacieron en Japón en la década de 1980, saltaron a Estados Unidos y de América a Europa. El British Medical Nutrition los definió ya en 1999.  Son alimentos funcionales aquellos obtenidos por cualquier procedimiento con la característica particular de que algunos de sus componentes, sean o no nutrientes, afectan a funciones diana del organismo de manera específica y positiva y promueven un efecto fisiológico o psicológico más allá de su valor nutritivo tradicional.

Esos elementos positivos actúan, por ejemplo, sobre el crecimiento, el desarrollo y la diferenciación celular, el metabolismo, el sistema cardiovascular, el gastrointestinal, el humor o el comportamiento. Un alimento funcional puede ser por lo tanto un simple tomate con licopeno, un tomate modificado genéticamente para añadirle más licopeno o una salsa de tomate con licopeno. Lógicamente, la industria alimentaria, que invierte millones en la fabricación de estos productos, ha optado por la última opción.

Lo que se añade a los alimentos es de lo más variado. Microorganismos vivos, fibras dietéticas, vitaminas, ácidos grasos, componentes químicos procedentes de las plantas. La lista está aún inacabada. Se estima que cada año salen al mercado mundial entre 12.000  y 15.000 nuevos productos. Estados Unidos, Europa y Japón representan el 90% del sector.

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