«Las barreras siguen en el mismo sitio»

Elvira Moya de Guerra, Catedrática de Física

Elvira Moya de Guerra, Catedrática de Física. Foto Jose Alfonso.

Un siglo después del acceso de la mujer a la Universidad, las catedráticas son minoría.

Un siglo después del acceso sin cortapisas a la Universidad, las mujeres son mayoría en las aulas. Salvo en las carreras técnicas, representan alrededor del 60% del alumnado. A pesar de ello, sólo un exiguo 14% de las cátedras están ocupadas por mujeres. «Creo que las barreras siguen estando en el mismo sitio que cuando yo estudiaba. Todo puesto de responsabilidad, sobre todo si no ha sido ocupado previamente por mujeres, supone un plus de dificultad porque se tropieza con la inercia», explica Elisa Pérez Vera, magistrada del Tribunal Constitucional. En 1982, fue la primera mujer en acceder a un rectorado universitario, el de la UNED. Cuando cinco años después dejó el cargo para ocuparse de la Secretaría de Estado del Consejo de Universidades, sólo un puñado de mujeres eran catedráticas. «Dos décadas después, con motivo de una charla, actualicé los datos, y la modificación era de décimas prácticamente. Esto significa que la mujer tiene mayor dificultad para acceder a los puestos de responsabilidad por condicionantes externos y posiblemente también personales».

Pérez Vera, que se licenció en Derecho en 1961, tuvo que salvar algunos de esos «impedimentos externos»: «No me sentí discriminada por mis compañeros ni por la mayoría de los profesores. Nos aceptaban con naturalidad -eran cinco mujeres en su promoción-, tal vez pensando que nuestro paso por la Universidad sería fugaz. La situación no cambiaba mientras no ocuparas un puesto de responsabilidad y empezabas a competir con los compañeros».

«Pequeñas victorias»
Fue lo que le sucedió al emprender su carrera profesional. «Tú no tienes la presión social de llegar a ser catedrático. De una mujer no se espera. Entenderás que yo confíe en que tú realmente no vayas en serio y no pretendas llegar a catedrática», le llegó a decir uno de sus compañeros. Y no bromeaba. «Éramos dos candidatos a la cátedra y el problema surgió cuando hubo que decidir quién era el número uno. El anuncio fue precedido de una explicación del tribunal diciendo que había que poner a uno antes que al otro, pero que en realidad los dos estábamos igualados». «El número uno -sigue exponiendo Elisa Pérez Vera- era yo, pero había que suavizarlo para que, como dijo algún compañero, el otro coopositor no se sintiera humillado. Son experiencias hoy inconcebibles que viví como pequeñas victorias, aunque llevaran la connotación de que se entendía que tus aspiraciones iban más allá de las lógicas por tu sexo». Sólo con el paso de los años ha sido consciente de que sus «pequeñas victorias» tenían un valor añadido porque abrían puertas a otras mujeres.

Margarita Salas, bioquimica, en el Centro de Biologia Molecular Severo Ochoa

Margarita Salas, bioquímica, en el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa. Foto: Ignacio Gil

Incomprendida y minusvalorada, la hoy profesora de investigación del CSIC Margarita Salas tuvo que lidiar con un director de tesis que, según cuenta, la admitió en el laboratorio ‘sólo’ porque llevaba una carta de recomendación de un paisano más que ilustre: su maestro y amigo Severo Ochoa. Sin embargo, nunca llegó a ganarse su confianza. La ignoraba por completo hasta el punto de que para él sólo existía el que después se convertiría en su marido, Eladio Viñuela, que preparaba también su tesis con el mismo director. Durante su estancia posterior en Nueva York, bajo la dirección de Ochoa, la barrera desapareció, pero durante mucho tiempo, la investigadora asturiana siguió siendo la mujer de Eladio Viñuela.

No obstante, gracias, precisamente, a «la generosidad de mi marido», que se retiró del estudio del fago Phi29 con el que introdujeron la Biología Molecular en España, la reputada científica pudo demostrar su propia valía. «Las primeras hemos tenido que luchar mucho y tener muy claro lo que queríamos ser en el mundo profesional».

Ella lo tuvo siempre muy claro y no cejó nunca en el empeño. Adelantada a su tiempo desde la concepción misma de la maternidad -«aunque me casé a los 24, tuve a mi hija con 37 años», algo poco habitual en 1975-, Margarita Salas fue la primera mujer en ingresar en la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (1988). Sin embargo, recuerda, en la Real Academia Española, de la que también es académica, sigue habiendo tan sólo cuatro mujeres a día de hoy. Del mismo modo que tampoco se ha nombrado hasta la fecha a ninguna presidenta del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Pero Margarita Salas confía en que esta «endogamia masculina», que hace que los hombres sólo piensen en masculino para los cargos de cierta responsabilidad, se irá diluyendo por el peso de las estadísticas.

Nada extraordinario
Una opinión similar comparte Elvira Moya. Pionera como ella en abrir algunas puertas demasiado pesadas a otras mujeres, este año ha conseguido inscribir, por primera vez en medio siglo, el nombre de una mujer en el el palmarés del premio que otorga la Real Academia de Física. Pero el camino para alcanzarlo tampoco ha sido fácil para ella. Elvira Moya también sintió la indiferencia de su director de tesis y la dificultad de conciliar la maternidad con su desarrollo profesional.

También tuvo que enfrentarse a la incomprensión de sus compañeros cuando obtuvo la cátedra tras imponerse a siete hombres, que en algún caso se sintieron «doblemente derrotados». Pero hoy, como consultora del Comité Nobel, no tiene la sensación de estar haciendo nada extraordinario. «Cuando eres capaz de hacer algo, no le das gran valor».

Menos esfuerzo tuvo que emplear Pilar Carbonero, ingeniera agrónoma de la Universidad Politécnica de Madrid, en demostrar su valía. Ella nunca se sintió discriminada, ni tuvo problemas para acceder a la cátedra, en la que fue pionera. Tal vez podría haber accedido antes si hubiera salido de Madrid, pero sus obligaciones familiares ya pesaban. Eso sí, como la mayoría de las mujeres de su generación, Pilar también se vio obligada a separar su actividad investigadora de la de su marido, Francisco Olmedo, también ingeniero agrónomo, para no quedarse en un segundo plano.

Vía El Comercio. Autora: Pilar Quijada

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