Avilés pone un pie en la Luna

Uno de los trajes rusos que forman parte de la exposición 'Space Collection'. :: ADRI QUINTANA

Uno de los trajes rusos que forman parte de la exposición 'Space Collection'. :: ADRI QUINTANA

Seguro que si alguno se entera de que en el espacio no hace falta fregar los platos se empieza a plantear su futuro como astronauta. A otros se les despertará un interés oculto al saber que el vodka también viaja al espacio exterior y lo hace en bolsitas de plástico envasadas al vacío, y otros terminarán por encaminar su futuro profesional al espacio cuando sepan que ‘allá arriba’ el champú se puede usar en seco. Al menos así lo recoge la exposición Space Collection, la mayor colección privada de objetos relacionados con la carrera espacial, que se puede visitar en el Centro Municipal de Arte y Exposiciones (CMAE) hasta el 11 de abril.

Todos los artículos de la colección pertenecen a Jordi Gasull y Samuel Hernández, que tienen como objetivo «crear un museo permanente, educar a los jóvenes y demostrar que estudiando y captando conocimientos se puede ayudar al avance de la humanidad», según explica Hernández. Uno de los objetos de más importancia es «el gorro de comunicaciones de Michael Collins», que usaba en los entrenamientos en tierra antes de subir al Apollo XI. «Los que se utilizaron en vuelo están en los museos norteamericanos», recuerda Hernández, y este lo consiguieron a través del propio astronauta. Otro artículo para el recuerdo es «el guante externo del traje espacial de Eugene Cernan» que es, hasta la fecha, el último hombre que pisó la Luna.

La exposición tiene trajes que se han utilizado en distintas misiones, tanto americanas como rusas, y uno de los de más valor es el traje Strizh, que además preside la muestra. Hernández recalca que «es uno de los 15 trajes que se hicieron para los viajes soviéticos, y sólo voló uno de ellos». El que se puede visitar en Avilés. La colección también cuenta, desde hace tres años, con la bandera española que viajó en el Apollo XV. Richard Nixon invitó al Rey Juan Carlos al despegue, cuando aún era Príncipe, y «como detalle él le dio una bandera a Edgar Michell que llevó en los bolsillos del mono» hasta el suelo lunar. «Después nadie le preguntó por ella, ni tampoco la pudo devolver, así que se la quedó como parte de su colección», recuerda.

La muestra explica que los trajes espaciales son incómodos, y que los astronautas necesitan 30 minutos para enfundárselo. Los norteamericanos se decantan por un dos piezas, mientras que los rusos utilizaban el denominado ‘Orlan’. Ambos están diseñados a partir del buzo tradicional. También hay vitrinas con comida y dos ejemplos que recuerdan que una batalla de la guerra Coca cola-Pepsi también se luchó en el espacio. Eso sí, ambas latas recuerdan más a las antiguas de espuma de afeitar que a otra cosa.

La comida espacial tiene vitrina propia. En órbita se consumen alimentos deshidratados y termo estabilizados, «tiene que ser muy nutritiva y ocupar poco espacio», recuerda Hernández. En esta colección hay latas de conserva, patatas para hacer puré y carne de esa que se mira dos veces antes de comer. Pero en el espacio todo valía, al menos antes. En las misiones más recientes, como son más bien de seis meses que de un par de días -las antiguas-, se tienen más en cuenta los gustos de los astronautas y la comida que eligen se lleva en sus propias cargas. «Por ejemplo, Miguel López-Alegría pidió paellas y Pedro Duque subió chorizos», indica Hernández. Y hablando de paellas, la exposición cuenta que el interior de las naves está recubierto con telas de teflón ignífugo «como el que se emplea en las paelleras». Rodolfo Langostino mejor empezaba a diseñarse un traje espacial.

Los más curiosos también podrán saber que en la Luna un día tiene seis noches, y una de las vitrinas de la muestra contiene relojes originales que viajaron en las expediciones al espacio, como el que llevaba Yuri Gagarin a la muñeca, que se denomina Sturnanikje. Los astronautas llevan, también en la muñeca, la ‘check list’, que se elabora en tierra y enumera la lista de tareas que deben realizar en cada una de las jornadas de trabajo en órbita, que suelen durar 16 horas. Quizá sea este detalle lo que ayude a encontrar una carrera profesional a los que todavía no saben cómo poner su futuro en órbita.

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