“La ciencia es rentable”

Miguel Ángel Alario y Franco, en el laboratorio de la Universidad Complutense donde es catedrático de Química Inorgánica

Miguel Ángel Alario y Franco, en el laboratorio de la Universidad Complutense donde es catedrático de Química Inorgánica. Foto: Claudio Álvarez

Llega con una estructura de colores entre las manos. A simple vista parece un mecano, un juego de niños, pero a los ojos de Miguel Ángel Alario y Franco puede explicar la naturaleza de un terremoto. Con ella entra en el Laboratorio Complutense de Altas Presiones, único en España y uno de los logros de su larga carrera. Una trayectoria de más de 40 años como catedrático, investigador, profesor, académico y, por encima de todo, científico. Por su aportación a la ciencia, la Comunidad de Madrid le concede hoy el Premio de Investigación Miguel Catalán.

Empezó echando sal a la lumbre de la cocina de su casa y mezclando bicarbonato y limón cuando tenía ocho años. No volvió a parar. Tiene 69 años y le dedica a su trabajo unas 17 horas al día. “Si no me aburriría”, dice. Técnicamente es el padre español de la química del estado sólido, lo que podría explicarse como el estudio de las propiedades de los sólidos para ver cómo se forman y conseguir nuevos materiales.

Estaba en Inglaterra a principios de los años setenta cuando la universidad en la que trabajaba compró el primer microscopio electrónico del mundo. Se asomó a él y descubrió fascinado cómo se podían ver “los defectos de los materiales”. Y nunca más volvió a dejar de investigarlos. “Los sólidos están llenos de defectos, son como las personas, si no tienen defectos son muy aburridas”.

Habría que preguntar a los alumnos de las facultades de Química de España su opinión al respecto, porque Alario es, entre otras muchas cosas, responsable de que la materia llegara a los planes de estudio.

Regresó de Inglaterra en 1973 porque quería volver. De eso se siente especialmente orgulloso. “Si me hubiera ido a EE UU quizás no lo hubiera hecho, pero el que se va debe volver”, dice convencido. A su regreso a España podría haberse puesto a trabajar en una empresa en lugar de en la Universidad y ahora, dice, estaría “muy bien jubilado”, como muchos de sus compañeros. Pero eso tampoco va con él. “Al contrario que el común de los mortales, yo trabajo en lo que me gusta”.

Y lo que le gusta es la ciencia, un campo que cree que muy poca gente conoce. “La sociedad tiene buena opinión de los científicos, te miran bien si dices que eres científico, pero en realidad no saben lo que eres”, apunta. Cree que el problema viene de la educación secundaria, donde piensa que habría que enseñar ciencia a los que no quieren ser científicos. “Los que quieren serlo ya lo aprenderán después, pero todo el mundo tendría que acercarse para ver que no es difícil y que, sobre todo, es rentable”. [...]

Vía El País. Autora: Inés Santaeulalia.

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