«Cada vez hay más científicos pidiendo ayudas y cada vez hay menos dinero»

Miguel Fernández Refojo, anteayer, en Oviedo, en el Instituto Oftalmológico Fernández-Vega

Miguel Fernández Refojo, anteayer, en Oviedo, en el Instituto Oftalmológico Fernández-Vega. Foto: Nacho Orejas.

Entrevista a Miguel Fernández Refojo, Químico orgánico español e investigador en oftalmología en Harvard (EE UU)

Miguel Fernández Refojo -gallego de Santiago de Compostela, 83 años de edad-, tras doctorarse en Química Orgánica en España se fue a EE UU y desarrolló allí una dilatada y fecunda actividad profesional oftalmológica en la Universidad de Harvard, investigando sobre polímeros y nuevos materiales para lentes de contacto o intraoculares y otros avances de la medicina. Desde allí acogió a muchos posdoctorados españoles que iban a Boston a ampliar estudios, entre ellos, al doctor Luis Fernández-Vega. Ahora Fernández Refojo ha devuelto la visita, para conocer personalmente en Oviedo el Instituto Oftalmológico Fernández-Vega y, en especial, las labores de laboratorio que allí se realizan. Está casado con una hija de un «niño de la guerra» asturiano.

-¿Qué hace un químico como usted en un mundo de oftalmólogos?

-Pues, ingresé en ese mundo por casualidad. Estudié Química y me doctoré en Santiago de Compostela. En Química Orgánica. Al terminar me invitaron desde la Universidad de Yale para estar allí un año. Empecé a investigar en polímeros y estuve tres años. Pasé a Canadá, a trabajar en la industria, y en un congreso de Química me hablaron de que había una plaza en el Hospital de los Ojos y los Oídos de Boston. Para mí era algo completamente nuevo; pero, bueno, mi mujer era de allí y acepté. Al principio creí que había cometido un error al trabajar con oftalmólogos…

-¿Tienen tan mala fama?

-No, no, es que no era mi campo. Sabía que teníamos dos ojos y poco más. Estudié materiales para cirugía, en lentes de contacto y cosas así. Acabé trabajando sobre desprendimiento de retina, glaucoma, córneas artificiales y lentes de contacto. Una cosa llama a la otra. Investigaba con polímeros, pero mis compañeros de trabajo en su mayoría eran oftalmólogos que se estaban formando y querían, asimismo, hacer investigación. Realizaban cirugía con animales. Hicimos trabajos en todas las partes del ojo. Investigábamos con lentes de contacto, con los materiales correspondientes y también sobre la reacción del ojo a las lentes de contacto o a las lentes intraoculares. Estudiamos también la lágrima en relación con su efecto en el ojo. Me dediqué bastante a la evaporación de la lágrima en los pacientes normales o con problemas en la córnea en función de la evaporación. Se trataba de ver las diferentes formas de evaporación. Está en los libros lo que es genérico, pero no es así en realidad, porque se trata de una constante. Si se mide en Galicia, tan húmeda, la evaporación no es muy grande. En Madrid, con un clima seco, sí. Estudiamos esas variables. El caso es que un oftalmólogo belga, establecido en EE UU, especialista en retina, fundó un instituto. Yo trabajaba en el Hospital de los Ojos y a mi grupo lo enviaron a California. No quise ir, porque quería estar un poco más cerca de España. Me fichó, entonces, el profesor belga y otro especializado en la córnea. Pasé del hospital al instituto, donde estuve más de 40 años.

-En esos 40 años, ¿cuántas revoluciones científicas ha vivido?

-Muchas, claro. Lo mejor es cuando en un equipo hay diferentes personas con distintas formaciones, ingenieros, biólogos, químicos y médicos, por ejemplo. Los médicos no están preparados, normalmente, para hacer mucha investigación. Por lo general, quieren ver pacientes y hacer cirugía. El científico, sea biólogo, químico o lo que sea, debe aprender lo que sabe el médico. Es más fácil para un científico aprender lo que quiere un médico que para un médico lo que quiere el científico. Así funcionan las cosas. Hay médicos que pueden ser muy buenos investigadores, pero un científico si trabaja en investigación debe avanzar todo el tiempo a fin de lograr dinero para sus investigaciones. El oftalmólogo también, pero si no puede lograr esa financiación, esa «grant», que se dice allí, cancela sus investigaciones. Durante todos mis años de investigación tenía que lograr el dinero para lo que hacía yo, también para la gente que trabajaba conmigo y, además, un porcentaje para el instituto.

-¿Se hizo rico?

-No, no, este dinero lo administraba el instituto. Contrariamente, si un oftalmólogo solicita las «grants», las ayudas económicas, y no se las dan deja la investigación y se dedica sólo a la clínica.

-¿Y los cambios profundos que ha conocido en primera persona?

-El uso del láser, que no lo inventó un médico, sino un científico, y es ahora fundamental en oftalmología; las lentes intraoculares, que son importantísimas para todo, y cómo han evolucionado desde aquel plexiglás para cuya implantación hacía falta abrir el ojo. Ahora, no. Ahora se hace un pequeño agujerito, se vacía el cristalino y se pone la lente dentro del ojo con solo dos perforaciones muy pequeñas. Sales a la calle en el mismo día y viendo.

-¿Cuál es el futuro?

-En lentes intraoculares se estudia vaciar el cristalino e inyectarlo con un polímero viscoso. Hay lentes para cerca y lejos; pero si no te gustan hay que volver a intervenir en el ojo con cirugía. Ahora se trabaja en vaciar el cristalino, dejar el resto e inyectar algo que pueda moverse para ver de cerca y de lejos. En las líneas avanzadas se trabaja también aquí. Conocí a Luis Fernández-Vega en Boston hace muchos años. Estoy allí desde hace 55 años. Los oftalmólogos jóvenes cogen una subespecialidad, quieren trabajar con pacientes y hacer cirugía. Los que tienen más interés académico quieren hacer investigación, pero en la mayor parte de los casos nunca tuvieron esa oportunidad. He tenido gente de España, Alemania, Japón, China, Corea…

-¿Quiénes son los mejores?

-Algunos españoles eran estupendos, y ahora son catedráticos en España. Los japoneses son muy trabajadores. Suelen tener más interés en la investigación de laboratorio que en la clínica. Decían que la clínica ya la habían realizado en Japón. Preferían investigar en el laboratorio con conejos. Algunos estaban en el laboratorio día y noche, y así durante cuatro años. Es lo que les gusta. Tenían mucho interés en contribuir a algo y publicar trabajos. La mayoría pensaban volver a la Universidad. Así era, y después de tres años se pasaban al sector privado, porque ganaban más dinero. Tuve a una investigadora que es ahora profesora de Farmacia en Madrid, donde hace un buen trabajo. Cuando llegó a EE UU para un posdoctorado estaba interesada en lágrimas y córnea. Ahora colabora con el Instituto Oftalmológico Fernández-Vega, otros centros de Europa y el nuestro de EE UU. Los españoles que deseen hacer investigación en EE UU deben saber con quién quieren ir a aprender, lograr una beca española de un año y, si son buenos y los quieren, se quedarán. A quien le interese regresar a España, que regrese.

-No cita las células madre, que ahora aparecen en el primer plano de las ciencias biomédicas.

-No es mi campo. Allí hay gente que trabaja es eso, claro. Además, estoy jubilado desde hace trece años. Era profesor asociado. Ahora soy emérito senior. Sigo leyendo las revistas científicas y ayudo a gente que trabajó conmigo. Mi instituto estaba conectado con el hospital. Ahora están unidos. Es importante, como se hace aquí, en Oviedo, con gente de laboratorio que aprende de los médicos y les enseña. Pueden ser ingenieros, biólogos o químicos. ya ve, realicé el doctorado en Química Orgánica y acabé haciendo lentes de contacto.

-¿Cómo está afectando la crisis económica a la ciencia?

-Es el problema. En EE UU, una plaza de investigador no es para toda la vida, como ocurre aquí con un catedrático, si no logras financiación permanentemente estás perdido. Cada cuatro o cinco años debes competir. Y si no logras dinero, no sobrevives, aunque no tengas que marcharte automáticamente. Si eres bueno y publicas el instituto te ayuda, pero debes conseguir dinero.

-La crisis…

-Hubo una época en que era difícil lograr dinero en general, pero no tanto en oftalmología. Gente de otros sectores se metió por el medio. Acabó habiendo demasiada gente peleando por el mismo dinero. La mayor parte de las subvenciones llegan del Gobierno. Además, en EE UU no te obligan a jubilarte, aunque yo al llegar a los 70 años dije que ya estaba bien y que quería venir más veces a España. Si logras dinero puedes seguir hasta los 90 años. Ahora, cada vez hay más científicos pidiendo ayudas y cada vez hay menos dinero.

-¿Dinero, sobre todo, gubernamental? Parece más un modelo soviético que liberal capitalista.

-Es el tipo de organización, hay investigación de todo tipo, que es la que hace rico a un país. Muy pocos inventos salen de la industria. La investigación básica la paga el Gobierno directa o indirectamente. Mi carrera durante más de cincuenta años fue pagada con fondos gubernamentales. Y hay que luchar en cada tramo, no es seguro que te den el dinero. Me gusta mucho este Instituto Oftalmológico Fernández-Vega. Es estupendo. Con científicos y clínica para los pacientes. Este centro para España es tremendo. Vendrán excelentes estudiantes de Medicina para hacer una buena especialidad. Es bueno para la ciudad, para España y para todo el mundo, porque aquí se harán cosas nuevas de aplicación para todos. Cómo son las cosas, en Santiago de Compostela me hicieron doctor honoris causa en cirugía.

-Usted está vinculado con Asturias a través de su esposa.

-Bueno, mi mujer se apellida Bernaldo de Quirós, es hija de un español. Nació en Rusia.

-De un asturiano que fue uno de los llamados «niños de la guerra»…

-No, no, de eso no hablo, es cosa de ella.

-Pues, hable del secreto de la juventud, se puede quitar veinte años.

-Tengo 83 años de edad. Nunca fumé salvo algo de joven. Ando mucho. Antes leía cosas de ciencia, ahora novelas y libros de historia, que es muy bueno. Tras jubilarme seguí bastante activo, revisando artículos de revistas. Y ahora aún hago algo de eso, consultando para amigos. En los dos últimos años hice consultoría en España sobre unas patentes.

Vía La Nueva España. Autor: Javier Neira.

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