Rastreadora de clásicos

Lucía Rodríguez-Noriega Guillén, en una estancia del campus del Milán

Lucía Rodríguez-Noriega Guillén, en una estancia del campus del Milán.

«No hay disciplinas más o menos útiles, sino que te hacen más o menos feliz», señala la filóloga piloñesa Lucía Rodríguez-Noriega, referente internacional por recomponer obras griegas desaparecidas mediante el análisis de otros textos.

Estudiar los orígenes de la comedia griega es tan serio como el tono que emplea Lucía Rodríguez-Noriega Guillén para hablar de Epicarmo de Siracusa, autor al que dedicó su tesis y con el que mantiene una estrecha relación de casi dos décadas. Esta profesora del departamento de Filología Clásica y Románica dirige ahora un grupo formado por diez docentes de varias universidades que tratan de reconstruir obras de la Antigüedad tristemente desaparecidas a través del análisis de textos de otros escritores que las citan. «Buscamos en el pasado la explicación al presente, para conservar la base de nuestra cultura occidental», sostiene esta eminencia de su especialidad a nivel internacional, a la que le faltan horas en el día para satisfacer su triple condición de profesora, investigadora y madre. «Digamos que a las mujeres trabajadoras casi nadie nos lo pone fácil», apunta, acostumbrada a los mensajes entre líneas.

El gusto por lo antiguo le viene de muy joven a esta ex alumna ejemplar del Instituto de Infiesto, donde nació, creció y empezó a traducir griego. Tanto que a las hermanas de su padre dentista les costó entender que se decantara por las tradiciones helénicas a los 18 años, en vez de «estudiar Derecho y montar una notaría». «Todo el mundo me decía que para qué iba a dedicarme a algo así, que para qué servía. Eso en el caso de que supieran realmente lo que es la Filología Clásica», indica. Los doce alumnos que se han matriculado este curso en el grado corroboran que no se trata de una materia que movilice a las masas.

Pero a Rodríguez-Noriega la atrapó desde el principio. Tras acabar la carrera con el premio al mejor expediente académico de la Facultad, participó en varios proyectos como investigadora. En 1998 su transcripción al castellano de los cinco primeros libros del «Banquete de los eruditos», de Ateneo de Náucratis, obtuvo el Premio Nacional de Traducción, otorgado por el Ministerio de Cultura. Y, con el tiempo, se convirtió en la máxima responsable de un equipo dedicado a indagar sobre los autores cómicos fragmentarios del siglo V antes de Cristo, tanto áticos como sicilianos. Es decir, escritores de este género con obras de las que sólo se conservan determinadas partes. Su misión era analizar las técnicas empleadas y traducir los textos para profundizar en el conocimiento de ellas. Una tarea estoica, sólo posible con tardes enteras a la luz de un flexo.

El éxito no se hizo esperar. Los estudios de la piloñesa cruzaron fronteras y su nombre empezó a sonar en los círculos más prestigiosos dedicados al análisis de la cultura clásica. Por eso, fue la ponente de la conferencia «On Epicharmus literary and philosophical background», que se celebró en la Northwestern University de Chicago en 2008 dentro de un congreso dedicado a la producción teatral desarrollada fuera de la ciudad de Atenas. Los resultados de aquel encuentro, en el que tomaron parte quince de los más destacados especialistas a nivel internacional, serán recogidos este año en un informe que promete convertirse en la biblia de los amantes de la literatura grecolatina.

«La investigación en Letras es muy distinta de la que hacen nuestros colegas de Ciencias. Obviamente, contamos con menos presupuesto que ellos y, además, con el desconocimiento por parte de buena parte de la sociedad, convencida de que sólo se logran avances en un laboratorio», dice la filóloga, con una expresividad en la mirada impropia de quien se ha pasado media vida delante de un libro. «Soy incapaz de no llevarme el trabajo a casa. Aunque reconozco que los hijos pequeños son el principal enemigo de un investigador», bromea, mientras remueve café con la diestra y ordena papeles con la zurda, con la sensación de saber lo que se trae entre manos.

Para contrarrestrar el estrés de su absorbente actividad, se mudó hace años a una casa en una zona elevada de la parroquia gijonesa de La Pedrera, con un cuidado jardín desde donde divisa toda la bahía de la ciudad, a ocho kilómetros de distancia. Y convirtió su despacho, repleto de volúmenes del suelo al techo, en el cuartel de operaciones del nuevo proyecto que coordina junto al profesor Javier Uría -de la Universidad de Zaragoza- desde hace unos meses y que cuenta con financiación pública para otros cuatro años. «Dedico cuerpo y alma a este asunto, porque llevaba mucho tiempo con él en mente y, por fin, tengo medios para desarrollarlo», explica, sabedora de que sólo las mejores propuestas universitarias se hacen con dinero en estos tiempos de flacas vacas para todos y, especialmente, para la educación.

El «asunto», como dice la profesora, consiste en desentrañar las creaciones de diferentes gramáticos, rétores y sofistas de los siglos III y IV después de Cristo para extraer las referencias que contengan sobre otras obras que se escribieron varias centurias antes y que se perdieron por diferentes razones: bien porque existían pocas copias manuscritas, bien porque no fueron transcritas al formato códex cuando se dejó de utilizar el papiro, bien porque nadie las copió durante los cambios de tipo de letra que se produjeron durante la Edad Media, bien porque los turcos acabaron con ellas durante su invasión de Bizancio, donde se guardaban casi todas. «Actualmente, sólo conocemos una mínima parte de lo que se escribió en la Grecia Antigua. El resto se ha perdido y sólo hay dos formas de recuperarlo: gracias a los hallazgos arqueológicos que se producen de vez en cuando en Egipto o a través de su reconstrucción, que es lo que hacemos en mi grupo de investigación», relata.

Es decir, leen la producción que ha llegado hasta nuestros días para intentar reconstruir, gracias a los datos que contiene, la que no ha podido llegar. «Todas las personas que estamos metidos en el proyecto, la mayoría de Oviedo y el resto del País Vasco, Aragón e incluso Argentina, somos amantes de lo que hacemos», sentencia. «Es la única manera de poder avanzar en asuntos tan especializado», remata.

Por eso, cuando echa la vista atrás se siente orgullosa de haber hecho caso omiso de todos los que le dijeron que la Filología Clásica era un camino a ninguna parte. «Me opongo a todo aquel que quiera truncar los deseos de los demás. Cada uno de nosotros es bueno en algo y, por eso, tiene el derecho a probar y, llegado el caso, a equivocarse», razona. «No hay disciplinas más o menos útiles, hay disciplinas que te hacen más o menos feliz», añade. Y concluye rotunda: «Mis dos hijos serán lo que ellos quieran ser. No los voy a guiar en ninguna dirección. Lo importante es que sepan coger alguna».

Diversificar la actividad productiva. Lucía Rodríguez-Noriega tiene claro que «Asturias no ha levantado cabeza del todo desde la reconversión industrial de los años ochenta». Por eso, apuesta decididamente por buscar alternativas. Pero más de una. «No podemos fiarlo todo a unos pocos sectores, porque ya hemos visto cuáles son las consecuencias», señala. Por eso, apuesta por el desarrollo de nuevas tecnologías y por la innovación en todos los aspectos. «Acabado el carbón, nos hemos quedado sin materias primas, así que tenemos que tirar del ingenio», sostiene. «Cualquier idea será buena para cambiar nuestro tejido productivo, que, muchas veces, más que en algo positivo, se ha convertido en un problema».

Apostar de verdad por la educación. Además de la investigación, la filóloga es una apasionada de la docencia. «A día de hoy, no podría vivir sin dar clase», asegura. De hecho, es la coordinadora de grado del departamento de Filología Clásica y Románica e imparte varias materias en tercero, cuarto y quinto de la antigua licenciatura, en vías de desaparición por la adaptación al «plan Bolonia». Pero denuncia un «grave problema». «El nivel de los chicos desde que se puso en marcha la ESO ha bajado de forma alarmante. Muchos ni siquiera cumplen las tareas básicas durante el fin de semana porque dicen que es para descansar». Por eso, pide «apostar de verdad por la educación», para potenciar la motivación de los más jóvenes.

Confiar en los que saben. «Los políticos siempre dicen que apuestan por la investigación, pero luego rara vez escuchan a los que realmente saben», se lamenta la doctora en Filología Clásica. Por eso, pide que «se tenga más en cuenta a los que son capaces de aportar». «Hay una cosa clara: las administraciones son las que dan el dinero y, para eso, deben guiarse por criterios objetivos. No hay mejor objetividad que seguir a los que conocen de primera mano el tema», apunta. Además, muestra su total disponibilidad para echar una mano en todo lo que tenga que ver con su área de conocimiento. «Creo que cualquier investigador estaría dispuesto también a colaborar para que la sociedad mejore», sostiene.

El currículum

- Premio fin de carrera de la Facultad de Filología de la Universidad de Oviedo, tras conseguir la licenciatura en Filología Clásica.

- Doctora en Filología Clásica con la tesis «Epicarmo de Siracusa. Léxico, edición crítica y comentario».

- Profesora titular del departamento de Filología Clásica y Románica.

- Premio Nacional de Traducción en 1998 por su trabajo con la obra «Banquete de los eruditos», de Ateneo de Náucratis.

- Participó en varios proyectos de investigación como colaboradora desde 1988.

- Ha dirigido el proyecto de investigación «Estudios sobre la lengua de los cómicos griegos fragmentarios» durante ocho años.

- Desde hace unos meses es la máxima responsable del grupo «La tradición literaria griega en los siglos III-IV d. C», con profesores de varias universidades.

Vía La Nueva España. Eloy Méndez.

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