Nuevos datos sobre la influencia del encéfalo en el comportamiento alimentario

¿Por qué existe una tendencia a comer demasiado y consumir más calorías de las necesarias? ¿Se utiliza la comida como una recompensa? ¿Impulsa el estrés a comer en exceso? Para dar respuesta a estas y otras preguntas se creó un proyecto europeo dedicado al estudio de los alimentos.

NEUROFAST («Integrated Neurobiology of Food Intake, Addiction and Stress»), dirigido por la Academia Sahlgrenska de la Universidad de Gotemburgo (Suecia), cuenta con la capacidad clínica y experimental de trece socios de siete países europeos. El objetivo de este proyecto respaldado por la Unión Europea con 6 millones de euros consiste en investigar la biología encefálica en relación al estrés, la adicción y el comportamiento alimentario.

Además realizará un análisis psicosocial de los factores que determinan la adicción a la comida y a las sustancias ilegales y de otros factores de riesgo como el estrés que subyace al comportamiento adictivo.

En su estudio abordan varias correspondencias entre las investigaciones contemporáneas sobre los trastornos alimentarios y las dedicadas a la obesidad, el estrés y la adicción. Los experimentos se basan en una combinación de estudios en entornos controlados de laboratorio, la caracterización de grupos de pacientes y la evaluación de situaciones reales en función de estudios epidemiológicos de poblaciones. Según afirman los socios del proyecto, sus resultados contribuirán al desarrollo de políticas mejores.

La profesora Suzanne Dickson, especialista en fisiología y neuroendocrinología en el Instituto de Neurociencia y Psicología de la Academia Sahlgrenska, se refirió a la importancia del proyecto en los siguientes términos: «Nos decantamos por esta línea de trabajo debido al aumento de los indicios que apuntan a una relación entre la sobrealimentación y las rutas encefálicas relacionadas con la recompensa, como por ejemplo las que utilizan los estupefacientes adictivos. La sobrealimentación puede estar condicionada por una predisposición genética, trastornos psiquiátricos y estímulos del entorno que generan la expectativa de una recompensa en forma de comida. También influyen la presión socioeconómica o un estilo de vida acelerado provocado, por ejemplo, por el estrés en el trabajo o en el hogar». [...]

Vía CORDIS.

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