Amador Menéndez: “No podemos montar el MIT de Massachusetts de hoy para mañana, pero vamos en la dirección correcta”

Amador Menéndez, durante la entrevista. / P. LORENZANA

Amador Menéndez, durante la entrevista. / P. LORENZANA

Amador Menéndez (Oviedo, 1969) atiende todos los frentes con la misma desenvoltura. Tan pronto puede dar una conferencia en un instituto de Secundaria que le reclama, como participar en una charla especializada en la Universidad de Oviedo, encerrarse en el laboratorio para dar un impulso al proyecto o conceder una entrevista reposada para hablar de su trabajo. Es consciente de que el científico del siglo XXI tiene que tener amplitud de miras y que el triunfo es cuestión de constancia, pero también de recursos. Amador Menéndez saltó de su plaza de docente de un centro en Cangas del Narcea al mítico MIT de Massachusetts, uno de los centros de investigación de referencia mundial. Fue un viaje de ida y vuelta. Ahora está en el Instituto Tecnológico de los Materiales de Asturias intentando demostrar que se puede hacer ciencia de primera desde cualquier lugar del mundo. En esa batalla contra gigantes, su rama es la energía solar.

Susana D. Machargo / Asturias 24

Regresó a Asturias después de haber trabajado en el MIT de Massachusetts en temas de energía solar. ¿En qué proyecto está trabajando ahora?
Nuestro trabajo principal se centra en la energía solar fotovoltaica, continuando un poco el trabajo que había desarrollado en el MIT de Massachusetts. De hecho, estamos colaborando con el MIT y con otros centros extranjeros. El gran problema de las células solares convencionales, que datan de 1954, es su alto coste y su baja eficiencia. Por eso no acaban de imponerse en el mercado. Nuestro objetivo es desarrollar nuevos dispositivos que capturen la luz solar de un modo más eficientemente y a un precio competitivo y, además, que sean integrables arquitectónicamente. Para que algo llegue al mercado, como dicen los americanos, tiene que ser bueno, bonito y barato. Si quieres instalar una celda solar convencional en un edificio tienes que contar con el visto bueno del arquitecto, que busca la parte estética y bonita, al margen de todas las normativas que tiene que cumplir. Pero las celdas de silicio convencionales no son integrables arquitectónicamente. Se habla de integración pero es superposición. Se ponen sobre el techo, son opacas y distorsionan. Lo que nosotros intentamos es que las ventanas actúen como pequeñas centrales fotoeléctricas, que capturen la luz del sol y la reenvíen a los marcos para convertirla en electricidad. En este caso, la integración arquitectónica está lograda. Es un elemento que ya existe y al que dotas de una nueva funcionalidad. Es una autentica integración.

¿Cómo consiguen que una ventana capture energía solar?
Sobre un cristal convencional, en una ventana convencional, aplicamos unos tintes nanoestructurados, es decir basados en nanomateriales, susceptibles de captar la radiación solar. Esta sería la parte técnica. Esos tintes convierten a la ventana en una central fotoeléctrica. Podemos tener tintes de diferentes colores, que para una vivienda convencional no serían aceptables. Estos tintes sí se podrían usar en museos, como por ejemplo en el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León, el MUSAC. Serviría para edificios públicos, museos, universidades…  Ahora esos cristales cogen la luz del sol y la pierden en forma de calor. Si ese tinte generase electricidad, sería maravilloso. Eso sería eficiencia. Pero también podemos conseguir que esos tintes sean incoloros con una mezcla de diferentes tintes. Mediante una mezcla, logramos una tonalidad incolora que sería aplicable para una vivienda convencional. La ventaja de la mezcla de tintes es que cogemos todos los componentes del sol y aumentamos la eficiencia. Es estéticamente y energéticamente mejor.

Esos tintes, por tanto son buenos y bonitos. ¿Serán también baratos?
Tendrán bajo coste. Las celdas convencionales están compuestas de silicio cristalino, que es un material muy caro. Es el material que se usa en los microchips de los ordenadores, en cantidades ínfimas. Para captar mucho sol, necesitas mucha superficie y eso encarece. Son muy caras. Pero nosotros solo usamos un tinte. La ventaja es que los tintes son baratos, materiales nanoestructurados de bajo coste. Ahí tendríamos esa última pata.

¿En qué fase se encuentra su investigación?
Ahora mismo, estamos a nivel de prototipo de laboratorio. Ya verificamos que funciona y estamos tratando de mejorar la eficiencia. Si hubiera interés, en un plazo razonable se podría mover al mercado. El tema de la energía es dinero. Como el petróleo. Hay intereses ocultos para que el petróleo siga funcionando y la energía solar no se imponga. Por ejemplo, el MIT tiene casos desagradables de empresas petrolíferas que compraron patentes para que nunca salieran al mercado. Mover algo del laboratorio al mercado siempre es complicado y en el caso de la energía, mucho más, porque hay muchos intereses detrás. Ya tenemos publicaciones. Ahora necesitamos una empresa que lo mueva al mercado o una spin-off. Por eso digo que es necesario que haya interés.

Y si aparece una empresa interesada o pueden montar una spin-off, ¿cuál puede ser ese plazo razonable al que se refiere?
Innovar es mover al mercado y en el MIT dicen que, de media, se tarda unos 15 años en completar ese paso. En un plazo razonable, quiere decir que en cinco años podríamos estar en el mercado, empezando a lanzar el producto. Y, en 10 años, si va bien, puede estar consolidado. Las primeras celdas las inventaron los laboratorios Bell en el año 1954, pero no se impusieron hasta muchos años después.

¿Cómo podríamos tener una ventana en casa que atrape energía solar? ¿Cómo se almacenaría y se usaría?
Capturar energía es un problema. El almacenamiento y transporte son otros dos más. A día de hoy, el almacenamiento es un gran quebradero. Por ejemplo, un teléfono móvil tiene una batería que almacena poca energía. En lugar de un teléfono, hay que pensar cómo almacenar energía para una casa. Para resolver el problema del almacenamiento se camina, en USA, hacia la red eléctrica inteligente o smart grid. La red eléctrica que tenemos ahora es unidireccional, es decir, una compañía genera energía en una central, nos la envía y nosotros la consumimos. En esto, hay un paralelismo con las redes sociales. La primera web era unidireccional, era 1.0. No se podía interaccionar. Solo eras productor de información. Luego nació la 2.0, con las redes sociales. Consumo y genero información. Es lo que pasa en Facebook, yo puedo recibir información pero también pudo escribir en tu muro. Esto supuso un flujo bidireccional. En energía pasa lo mismo. Hasta ahora solo éramos consumidores. Pero con la red eléctrica inteligente se trata de tener un flujo bidireccional de la energía. De forma que resuelvas otros problema, porque tú en casa puedes generar energía pero no almacenarla. Pongamos que las ventanas triunfan y generan tanta energía como la que se gasta en un domicilio, con lo cual su saldo es cero. Pero hay que ajustar oferta y demanda, en cada momento. A lo mejor, al mediodía pega fuerte el sol y estás generando mucho más de lo que consumes y de noche estás generando mucha menos energía y consumiendo mucho más. ¿Qué hago? Una solución sería almacenarla. Pero no tenemos buenas baterías y además son muy caras, así que no podemos. Entonces, para ajustar oferta y demanda, nace la smart grid, de modo que cuando genero más consumo de la que uso, la vuelco/vendo a la red y cuando consumo menos de la que genero la compro/traigo de la red y así hay un flujo bidireccional. Así seríamos unos prosumer, productor y consumidor. ¿Cómo lo aplico con nuestros tintes? Yo tengo mi ventana, genero energía y con unos simples cables eléctricos la llevaría a mis dispositivos electrónicos o eléctricos. No añadiría nada adicional. La que no consumo la vuelco. La red existe, solo habría que usarla de forma bidireccional. Sin la red inteligente, también podrías perder la que no usas.

¿Cómo se puede generar esa red bidireccional? ¿A qué agentes habría que implicar?
Hay que alcanzar un acuerdo con las compañías para establecer este sistema bidireccional. En Estados Unidos, proponían: si yo, consumidor, te vendo energía a 5 euros, tú, compañía, me la vendes al mismo precio. Pero las eléctricas no quisieron, porque entonces no conseguían ingresos. Al final, llegaron a un acuerdo, el particular la vende a 2 y las eléctricas, a 4. El particular sigue ganado porque el saldo neto es inferior al precio de mercado. En España, las eléctricas, de momento, pretenden que el particular venda gratis y compre al precio normal de mercado. Pero está todo en el aire. Aquí ni siquiera ha empezado, mientras que en Estados Unidos, donde las smart grid ya están funcionando, tratan de llegar a acuerdos con las eléctricas. Puede parecer injusto pero las eléctricas son necesarias y hay que garantizar su funcionamiento.

El MIT  Massachusetts es un ejemplo de éxito a nivel mundial. ¿Ese modelo, en el que trabajan de forma conjunta la administración, la universidad y el capital privado se puede reproducir en Asturias? ¿Es ese el espíritu del centro tecnológico en el que trabaja?
Es un modelo a imitar. Eduardo Galeano decía: la utopía está siempre en el horizonte, por mucho que caminemos, nunca la alcanzaremos. Es verdad, pero sirve para caminar. Esto que ahora funciona muy bien en Estados Unidos se fundó hace 154 años. Aquí no lo podemos hacer de hoy para mañana. Creo que es la dirección adecuada, pero nos va a llevar mucho tiempo. Además, reproducible al 100% no es, por supuesto. Si conseguimos el 50%, sería un éxito. Porque aquí tenemos nuestra peculiaridades. La primera peculiaridad es que las empresas en Estados Unidos creen mucho más en la tecnología, tienen más tradición tecnológica. Eso no se puede cambiar de hoy para mañana. Si queremos involucrar, ciencia, tecnología y empresa es importante contar con una iniciativa. Por otra parte, es clave la apuesta por la investigación de alto riesgo. En España, la ciencia es más conservadora. Si eres conservador tienes más posibilidades de éxito, pero corres el riesgo de redescubrir el Mediterráneo. Necesitamos un porcentaje significativo de proyectos de alto riesgo si queremos prototipos o dispositivos que mover al mercado y que se traduzcan en un valor añadido. La ciencia trata de entender el mundo que nos rodea, la tecnología a partir del conocimiento básico intenta generar aplicaciones básicas y la empresa es el vehículo para mover el prototipo al mercado. Creo firmemente en este modelo. Hay que fijarse en los que lo hacen mejor.

Entonces el centro tecnológico del que forma parte está en el buen camino.
Es un centro tecnológico y busca mover del laboratorio al mercado. Tenemos que involucrarnos con universidades y con empresas. Hay que unir más a los tres. Creo en el trinomio. Cuando nos unimos, todos sumamos. No estamos invitando nada nuevo, estamos siguiendo a la gente que ya abrió camino hace 154 años. Además, estamos generando riqueza. El MIT genera mucha riqueza, entre otras cosas, porque generas patentes que puedes vender. Va a llevar mucho tiempo, pero es posible. El centro tecnológico de los materiales tiene un patronato que lo gestiona y que puede promoverlo. Tenemos que ir de la mano a las convocatorias europeas, centros tecnológicos, empresas y universidad. Debemos colaborar, en lugar de competir.

¿Cómo les están afectando la crisis y los recortes en investigación?
Cuando el mundo vive una situación de crisis, la investigación también se resiente, y bastante. En estos tiempos, más que competir hay que colaborar, insisto, dentro y fuera de nuestro país. Es una situación complicada. Lo que más me preocupa es que se resientan los proyectos de alto riesgo, que son los que generan más valor añadido. Si tienes poco dinero sueles ser conservador, arriesgas menos y amarras más. Las administraciones deberían dedicar un porcentaje a estos proyectos. Europa lo hace. Acaba de sacar el programa Horizonte 2020. Nuestro centro ha conseguido alguna partida económica de este tipo de convocatorias. Es complicado pero hay que optar. Como estrategia, el Horizonte 2020 destina específicamente dinero a proyectos de alto riesgo. Exigen que sea una idea innovadora y no probada anteriormente.

¿Teme que la crisis se lleve por delante la investigación y se produzca una auténtica fuga cerebros, usted que siguió el camino contrario y regresó en plena crisis?
La situación es complicada y a todos nos da miedo. Uno intenta ser optimista, pero hay una gran preocupación en el ambiente científico. Salir un tiempo es bueno, porque vuelves cargado de experiencias. Lo malo es cuando quieres aplicar esas experiencias en tu tierra y no tienes ninguna posibilidad. El problema no es solo la gente que se está yendo. El problema es que hay gente fuera muy buena que quiere volver y no puede. Yo hace un año que volví y tengo la ilusión de que desde aquí se pueden hacer cosas. Quizá dentro de cinco años piense lo contrario. Pero en un mundo cada vez más global, con internet y con medios, se pueden hacer colaboraciones y desde Asturias se pueden hacer cosas. Evidentemente, no es el mejor momento pero hay que intentarlo.

¿Cuál tiene que ser el papel de la Universidad de Oviedo y del Principado en estos momentos? ¿Cuál sería la ayuda más efectiva? ¿Cómo deberían canalizar la financiación?
Es evidente que la crisis afecta a la investigación, pero tenemos que aprender a hacer ciencia con menos dinero y buscar fuentes de investigación alternativas. Hay premios Nobel que a los 10 años les revisan el contrato y eso aquí no pasa.

¿Conoce algún exiliado económico?
En Massachusetts éramos los afortunados. Estábamos allí porque queríamos. Vas con un ideal y es un proyecto guapo. Pero conoces gente que fueron a buscarse la vida, trabajando en lo que fuese. Para ellos sí que es duro.

Científico pero también divulgador. Nunca se ha desprendido de su afán didáctico de profesor de Secundaria. ¿Esa faceta también está en crisis?
La divulgación sí que es algo que hacemos los que creemos en ella por amor al arte. A pesar de que el CSIC dice que hay que acercar la ciencia a la calle, el porcentaje de recursos que destina es mínimo. Deben tener cinco personas en plantilla. La divulgación, a día de hoy en España, la hacemos por hobby en nuestros ratos libres. Escribir artículos, dar charlas en colegios, conferencias…

¿Sigue muy vinculado a divulgación con estudiantes? ¿Qué respuesta encuentra?
Me apasiona la divulgación. Lo hago porque creo en ello y porque me gusta. Cuando vas a los institutos es muy satisfactorio. Siempre digo que si doy una charla en un centro y, de 300 estudiantes, uno se animó a ser científico, ese día mereció la pena. De esto tengo algunos casos. Gente que tenía dudas y que una charla le ayudó. En una charla de divulgación, no vas a enseñarles ciencia, porque solo tienes una hora. Vas a contagiar entusiasmo por la ciencia. Un profesor de Física y Química está dando cuatro horas de clase a la semana, durante todo el año. Yo no puedo ir a contar las leyes de Newton. Eso ya lo hace el profesor mucho mejor que yo. Tengo que ir a contar que Google va a sacar un coche que funciona sin conductor y que eso está basado en las leyes de la física. Esa es mi filosofía. Yo encuentro respuesta y por eso sigo en ello. Cuando eres profesor, lo ideal es tener a 40 alumnos atentos. Cuando vas a una charla, eso lo tienes ganado, porque sabes que van a escucharte.

Tampoco renuncia a la escritura. Ya tiene un libro en el mercado, ¿piensa volver a escribir?
En 2009, se publicó mi primer libro. La ciencia y la tecnología van muy rápido y me estoy planteando uno nuevo, más general.

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