El criadero de la ciencia asturiana

La becaria predoctoral Beatriz Luxán, en una habitación llena de jaulas con animales para la experimentación del bioterio de la Universidad. Foto: Luisma Murias

La becaria predoctoral Beatriz Luxán, en una habitación llena de jaulas con animales para la experimentación del bioterio de la Universidad. Foto: Luisma Murias

El olor a pienso y una temperatura primaveral crean un ecosistema atípico en el interior del bioterio de la Universidad de Oviedo. Todo está medido al milímetro en este edificio de tres plantas encajado en un pronunciado desnivel del campus del Cristo, junto a la Facultad de Medicina y Ciencias de la Salud, para favorecer la cría y el cuidado de varios miles de roedores destinados a la investigación. Los especialistas que transitan sin parar por los pasillos visten atuendos sanitarios para evitar la propagación de gérmenes que pongan en peligro las colonias. Muchos de los instrumentos de trabajo se someten a una permanente esterilización y el acceso a las zonas restringidas, donde crecen y se reproducen los animales, está sometido a un severo control: es obligatorio ducharse antes de entrar. “Nada puede fallar. Las condiciones deben permanecer siempre estables porque está en juego el trabajo de muchos profesionales”, explica Antonio Fueyo, catedrático de Fisiología, director del departamento de Biología Funcional y responsable científico de este espacio único en Asturias.

Eloy Méndez / La Nueva España

El bioterio es una joya de la ciencia regional apenas conocida (…). Empezó a funcionar a finales de 2007 tras una inversión de 1,5 millones de euros, en sustitución del viejo animalario de la Universidad, construido en los años setenta y que era poco más que un criadero de ratones. Cuenta con 1.600 metros cuadrados útiles y con sofisticados aparatos en cada rincón. “Las necesidades de los grupos de investigación de la Universidad no paraban de crecer y era necesario apostar por algo de estas característica porque el anterior equipamiento se había quedado obsoleto”, comenta Fueyo, antes de cruzar el umbral de la entrada principal, que conecta directamente con la tercera planta, y ponerse unas calzas de plástico para evitar que las suelas de sus zapatos introduzcan agentes patógenos. Metro y medio más adelante, a mano derecha, está el despacho de Teresa Sánchez, veterinaria y directora del centro. La encargada de que todo funcione como un reloj suizo.

Este tercer piso es la “zona convencional”. Como en el resto del edificio, la temperatura (en torno a los 22 grados) y la humedad (próxima al 55 por ciento) son constantes. En ella hay varias habitaciones que albergan las jaulas de los ratones y las ratas que están siendo utilizados en diferentes investigaciones, todas identificadas con etiquetas que llevan el nombre de sus responsables, provistas de comederos, bebederos y rellenas de serrín. Además, hay otros espacios comunes y un pequeño laboratorio donde trabaja el biólogo Francisco José Rodríguez, responsable de la unidad de transgénicos y el único especialista de todo el norte de España capacitado para modificar genéticamente a los roedores.

Los ratones que someten a estos métodos pertenecen a la cepa C57BL6 y son de color negro. Existen dos clases: los transgénicos, a los que se les ha añadido un gen, y los “knock out”, a los que se les ha quitado. “Desarrollamos toda nuestra labor desde el máximo respeto a los animales, tratando de provocarles los menores trastornos posibles”, señala el especialista, con bata verde. Su función es básica para cientos de trabajos en toda Asturias. Porque el bioterio no sólo da servicio a los grupos universitarios (básicamente pertenecientes a los departamentos de Bioquímica y Biología Molecular, Medicina, Cirugía y Especialidades Médico-Quirúrgicas, Psicología, Biología Funcional y Morfología y Biología Celular). También abastece a varios organismos vinculados a la institución académica, como el Instituto de Neurociencia y, especialmente, el Instituto Universitario de Oncología del Principado (IUPA). Además, suministra animales para las clases prácticas de varios grados y para la labor quirúrgica de los médicos residentes del Hospital Central (HUCA).

La mayor parte de los ratones se utiliza como modelo animal para la investigación sobre el cáncer. Otros sirven para realizar análisis morfológicos, modelos fisiológicos, operaciones quirúrgicas, experimentos neurológicos o conductuales y estudios sobre el envejecimiento. Las instalaciones del Cristo satisfacen más del ochenta por ciento de la demanda existente en la región para este tipo de actividades. Y, en caso de que algún especialista precise de otra clase de ejemplares, sus responsables los piden a otras organizaciones similares de España o el extranjero.

La utilización de estos animales está sujeta a importantes restricciones legales. Además, los científicos o los profesores que precisen ejemplares deben rellenar un extenso formulario para obtener el visto bueno del comité de ética en la investigación, creado recientemente por la Universidad, destinado a la evaluación de los proyectos o las prácticas docentes que impliquen la utilización de seres vivos agentes biológicos y organismos modificados genéticamente. El organismo estará presidido por la vicerrectora de Investigación, Paz Suárez Rendueles, e integrado por expertos de disciplinas tan diversas como la Biología, la Medicina, la Filosofía y el Derecho.

“Nuestro principal objetivo es el avance de la ciencia, pero no lo hacemos a cualquier precio”, comenta Rodríguez mientras desciende las escaleras que conducen a la planta primera (la segunda no tiene accesos para el personal habitual, está completamente cubierta y alberga el equipamiento de refrigeración del edificio). Este piso inferior es el auténtico corazón del bioterio. Cuenta con una pequeña estancia donde se cuida a una veintena de conejos, utilizados para estudios de inmunización, cirugía traumatológica o maxilofacial. Al lado se encuentra un quirófano para animales de tamaño medio dotado de tecnología de última generación, donde los jóvenes médicos del Hospital Central Universitario (HUCA) realizan prácticas quirúrgicas no invasivas con cerdos e, incluso, ovejas. Avanzando por un pasillo en forma de “L” se llega a la lavandería, en continuo funcionamiento. Y enfrente unas puertas cerradas a cal y canto marcan el límite de la “zona de cría” o SPF (libre de patógenos específicos), con una presión unos diez pascales superior al resto del inmueble. En ese lugar crecen en condiciones de extrema vigilancia miles de ratones. Nadie tiene permitido el paso, salvo un reducido número de trabajadores que se cuentan con los dedos de una mano. Además, sólo pueden hacerlo tras ducharse y ponerse una indumentaria especial. Los roedores que salen de este recinto para su uso en los experimentos en el área convencional nunca más regresan a él. “Si se produjera una infección, sería preciso sacrificar a todos los ejemplares. Eso sería una catástrofe porque implicaría un elevado coste en dinero y tiempo. Supondría empezar todo de cero”, explica Fueyo.

El bioterio tiene capacidad para casi siete mil roedores. Además de los ratones negros empleados por la unidad de transgénicos, se propicia la reproducción de otros de la cepa CD1, que son blancos, y de medio millar de ratas wistar, de ese mismo color. Al tratarse de animales muy prolíficos y que alcanzan la edad adulta en apenas un par de meses, todos los días nacen nuevas camadas. Se alimentan de un compuesto de cereales con vitaminas, cuya adquisición se lleva una parte importante del presupuesto del centro, que tiene que hacer frente también a gastos de personal, material, funcionamiento y mantenimiento con medio millón de euros al año, aportados a partes iguales por los proyectos de los profesores que utilizan los seres vivos, la Universidad y el Servicio de Salud del Principado (Sespa).

Aunque la actividad es frenética desde primera hora de la mañana, la plantilla del bioterio apenas está formada por su directora, otro veterinario, tres técnicos dedicados al cuidado directo de los animales y otros tantos pertenecientes a la unidad de transgénicos, subvencionados por el IUPA. A ellos, en algunos momentos, se suman varios jóvenes de FP en prácticas que realizan diferentes tareas y los científicos que, regularmente, acuden a la “zona convencional” para supervisar el estado de los animales con los que están experimentando. “Lo normal es que, en un momento de máxima actividad, haya al mismo tiempo unas veinte o treinta personas”, comenta la máxima responsable de las instalaciones.

Todos ellos son los encargados de hacer funcionar un centro convertido ya en referente a nivel nacional y que no para de crecer, como demuestra su reciente ampliación, con la construcción de una unidad de ensayos preclínicos en la azotea, financiada gracias a las ayudas recibidas por la Universidad a través del programa “Campus de Excelencia Internacional” (CEI). “A pesar de que no contamos con un edificio muy grande, sí tenemos una tecnología moderna y hemos conseguido crear unas condiciones óptimas para la cría y el mantenimiento de animales”, destaca Fueyo, orgulloso del trabajo realizado durante los últimos años. Esencial para dar vida a la ciencia asturiana en un momento difícil debido a los severos recortes.

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