El pacificador desterrado

Mario Menéndez franquea la entrada a la UNED. Paloma Ucha

Mario Menéndez franquea la entrada a la UNED. Paloma Ucha

Hoy, si pudiera elegir un lugar, Mario Menéndez escogería sin duda Asturias, su Asturias, la que dejó con 21 años con la especialidad en Prehistoria y Arqueología en las aulas de la Autónoma de Madrid. Pero cuando en 2002 la rectora de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) le propuso asumir la dirección del centro asociado de Asturias, su Asturias, a Mario Menéndez le rompió todos los esquemas. Los profesionales y los personales. De ahí que mida el tiempo que lleva en Gijón por la edad de su hija pequeña. Diez años. Nacida pocos días antes de que este profesor titular de Prehistoria y Arqueología de la UNED iniciara su particular regreso a la tierra. Todos los lunes de cada semana del último decenio.

Eva Montes / El Comercio

Y, sin embargo, aún sabiendo el coste familiar que acarrearía su nuevo destino, Mario Menéndez lo acogió con ilusión. Con la idea romántica de que sería la primera vez que podría hacer algo por su tierra, la de lejos, la de la infancia, de la que en Madrid se siente desterrado. Porque fue precisamente su origen asturiano lo que le proporcionó a Mario Menéndez la papeleta ganadora para acceder a la dirección de la UNED gijonesa, inmersa en plena crisis institucional con el Principado. Con un director dimitido y un gobierno regional sin fe en el proyecto, precario entonces, de una universidad abierta.

A eso fue a lo que hizo frente nada más llegar a Asturias, asumiendo las tensiones y navegando como le habían enseñado en las aulas de Bachillerato del Seminario de Oviedo. Con voz suave, convicciones firmes y argumentos flexibles. Con su carácter templado. Con la vista en el después, sin atender a las ratas ni los malos gestos. Una labor de restañamiento en la que tuvo que emplear más de un año. Y más de dos. Y en los que se aplicó porque es de los que entienden que cuando la colectividad te llama, desde una comunidad de vecinos hasta la dirección de la UNED, hay que decir que sí.

Y eso que este arqueólogo con aspecto despistado nada tiene en común con Indiana Jones. Pero, sin embargo, adora la aventura que se esconde detrás de ese puzzle histórico que supone dar forma a un pasado remoto del que nadie sabe nada. Desde niño supo de su fascinación. Pero no fue hasta que, con 24 años, supo de las calamidades de las campañas exploratorias y durmió con los beduinos de Jordania, que conoció con certeza que la arqueología merecía la pena.

Pero su bautismo humano, su inmersión en la realidad de la vida vino en Sudán. Once años, once campañas le mostraron la miseria humana. No la económica ni la social. La humana. Y vio el antagonismo entre norte y sur, entre musulmanes y cristianos, entre blancos y negros. Y aprendió. Y maduró. Y se hizo como es. Moderado, tolerante, comprensivo y un punto romántico. Apasionado defensor de la UNED como puerta de acceso para los que nunca accedieron, como bocanada de aire en los espacios cerrados. Como aquellas mujeres de Ibias de 2004 a las que la tradición no permitía salir del pueblo y el telecentro las sacó. Entonces supo con certeza de la naturaleza de la UNED. De su UNED. La misma en la que siente que ya ha cumplido su ciclo. Ya lo hizo otras veces y se dejó convencer. Pero ahora terminarán de implantar los grados, cambiará el equipo rectoral y él, probablemente, se irá.

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