Escribir con la mirada

Las hermanas Arrieta, Mentxu (izquierda) y Lourdes, con Tulio, el marido de esta última

Las hermanas Arrieta, Mentxu (izquierda) y Lourdes, con Tulio, el marido de esta última.

En el salón de la casa de Lourdes Arrieta, en el barrio donostiarra de Amara, ella y su hermana, Mentxu, se miran en silencio. No se oyen las palabras, pero están hablando: escriben sus conversaciones con los ojos. Lourdes tiene 55 años; Mentxu, 50. Ninguna sabe qué es caminar. El deterioro de su sistema motriz les impide comunicarse con signos: no coordinan los movimientos del cuerpo, tienen espasmos y contracciones musculares involuntarias. Lourdes solo coordina una mano, que le permite escribir sobre teclados. Emite sonidos, pero no puede hablar. Mentxu tiene mayor movilidad, puede hablar, pero con gran esfuerzo, ya que apenas vocaliza… y entenderla requiere paciencia. Y ganas. “Esto cuesta”, dice Lourdes, señalando, letra a letra, un abecedario forrado con un plástico duro. “Es normal, la gente no sabe cómo es este mundo y huye”. Su historia es una lucha por lograr comunicar. Por demostrar, al mundo y a sí mismas, que sienten y razonan como el resto.

“Nadie sabía cómo llegar a nuestras mentes para encontrar señales de entrada o de salida, arrancarnos una idea, una respuesta. Cada paso ha sido para salir de nuestro silencio”, escriben ambas en el texto que un ordenador reproducía en audio en una de sus conferencias. “Para la sociedad éramos enfermas, tenían que sanarnos”. Por eso pasaron la infancia en sanatorios. Fue entre sanatorio y sanatorio cuando su madre les enseñó a leer. La necesidad hizo el resto. Al principio, su única manera de expresarse era con gritos, caricias, abrazos y golpes. Lourdes tenía casi 16 años cuando su hermana aprendió a leer y, por primera vez, pudo decirle a alguien cómo se sentía, en qué pensaba. Con el único dedo que puede mover, dibujaba sobre la piel de su hermana las letras que su madre les había enseñado. El muslo, la espalda, las mejillas. Su cuerpo se convirtió en un lienzo en el que iban dejándose mensajes: Lourdes escribía en euskera y Mentxu en castellano. Eran bilingües, pero entonces no lo sabían.

Una mañana de 1979, cuando ambas rondaban la veintena y hacían sus ejercicios en la Asociación de Personas con Parálisis Cerebral (Aspace), la necesidad volvió a obligarlas a ir más allá. Como cada día, pusieron a Lourdes unas férulas correctoras de postura. Se trataba de cuatro sacos, de cinco kilos cada uno, que colocaban sobre sus brazos. Pero pasó el tiempo y olvidaron quitárselos. Era como aquellas noches en los orfanatos en las que sus cuidadoras la olvidaban en el jardín hasta el amanecer. Pero no había frío, sino dolor. Y esta vez, a menos de seis metros de ella, estaba Mentxu. Con sonidos, logró captar su atención. Entonces comenzó a mover extrañamente los ojos. Arriba y abajo. A un lado y a otro. “¿Cristo?”, le preguntó Mentxu. No, no era eso, y seguía, arriba y abajo, izquierda y derecha.

-¿T?

Lourdes asintió, y así fue dibujando con los ojos una a una las letras de su mensaje. T-E-N-G-O. “Mis manos estaban moradas, adormecidas: había que darse prisa”, recuerda Lourdes. Por fin Mentxu entendió el mensaje: “Tengo las manos frías”.

Cuando el peligro pasó, profundizaron esta nueva manera de hablar entre ellas. [...]

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