Una "farmacia" en el fondo del mar

Javier Cristobo, en primera línea, junto a parte del equipo que pasó dos meses en el continente helado, en la base española de Gabriel de Castillas, en la Isla Decepción.

Javier Cristobo, en primera línea, junto a parte del equipo que pasó dos meses en el continente helado, en la base española de Gabriel de Castillas, en la Isla Decepción.

La vida en el mar no es sencilla. La convivencia entre las especies obliga a las más débiles a buscar formas para protegerse. El peligro acecha en cualquier rincón, y hay que estar preparado para superar al contrario. La inmovilidad de las esponjas marinas, los corales blandos y los moluscos sin caparazones les han obligado a desarrollar armas químicas para defenderse de sus depredadores.

C. García / La Voz de Asturias

Y es curioso. Pero esa misma sustancia tóxica que utilizan las especies marinas para defenderse del enemigo, resulta muy eficaz en otra lucha que mantiene el hombre desde hace años contra uno de sus mayores depredadores, el cáncer. Es la farmacia del mar. Toda una botica que espera ahora ser explotada y hacia la que miran científicos y la industria farmacéutica que se han dado cuenta del potencial del fondo marino. El mar es un yacimiento farmacológico muy atractivo. Se han encontrado moléculas muy originales por su estructura química que además son bioactivas. Dicho de forma más sencilla, tienen gran potencial para el diseño de medicamentos. Pero hay que llegar hasta allí. Y no sólo no es fácil, sino también muy costoso. Casi todos los medicamentos antitumorales de origen natural empleados hoy en día se producen a partir de extractos de plantas, insectos o bacterias recogidos en tierra firme. La saturación de estos nichos ecológicos ha llevado a la industria a volver su mirada hacia el mar, un campo hasta hace unos años muy poco explotado.

Hasta el corazón de la Antártida han viajado siete investigadores para recolectar invertebrados marinos y analizar qué sustancias se pueden utilizar como medicamentos para luchar contra las enfermedades. Ya se han dado los primeros pasos. Y en el mercado se comercializan fármacos realizados a partir de un invertebrado colonial, para tratar, por ejemplo, el cáncer de ovario. Se trata de un tumor muy agresivo, de gran mortalidad, y para el que no se dispone, hasta hace poco, de ninguna arma terapéutica nueva en el último cuarto de siglo.

El secreto está en las profundidades del mar y hasta allí hay que llegar si se quiere seguir avanzando en la investigación. Ese es el fin de la campaña científica Actiquim II que estudia el papel de los productos naturales de origen marino en los ecosistemas del continente helado y valora su potencial farmacológico. La finalidad es estudiar moléculas químicas presentes en los invertebrados marinos y analizar si estos productos naturales podrían tener aplicaciones farmacológicas para desarrollar nuevos medicamentos de origen marino.

La expedición –formada por seis expertos de la Universidad de Barcelona y Javier Cristobo, investigador y director del Centro Oceanográfico de Gijón– convivió durante casi dos meses en las bases españolas Gabriel de Castillas, situada en la Isla Decepción (un volcán enorme de 10 kilómetros de diámetro) que lleva funcionando 25 años. También tuvieron la oportunidad de llegar hasta la base Juan Carlos I, en la Isla Livingston. Con la ayuda del buque BIO Las Palmas pudieron realizar inmersiones.

El 1 de enero salieron rumbo hacia el archipiélago de las Shetland del Sur desde tierras sudamericanas. Las aguas estaban revueltas en Ushuaia y el viaje a través de pasaje de Drake les llevó dos días y medio. Han pasado dos meses en el polo sur. Y han podido realizar 60 inmersiones, todo un récord en una zona donde el frío campay el viento puede complicar, y mucho, una jornada de trabajo. Salvo un día que disfrutaron de ocho grados de temperatura, el resto soportaron hasta un grado bajo cero. Eso es el exterior. Entrar en las aguas antárticas no es nada fácil. Les llevaba una hora prepararse para combatir el frío. “Vestirnos nos llevaba mucho tiempo porque teníamos que ponernos muchas capas”, explica Javier Cristobo.

Durante todo este tiempo han conseguido capturar 800 muestras marinas que guardan ahora celosamente en los congeladores del buque BIO Las Palmas. El barco y su contenido arribará en Cartagena a finales de abril. Los siete investigadores ya han vuelto de la Antártida pero, a Las Palmas, aún le queda por delante una larga travesía. Tardará 24 días. En su viaje, realizará escalas en los puertos de Buenos Aires (Argentina) y Natal (Brasil). “El material es muy pesado con lo que no podíamos traerlo nosotros. Cuando esté en Cartagena iremos a buscarlo al puerto y trasladarlo hasta la Unviersidad de Barcelona y una parte llegará al Oceanográfico de Gijón”.

La identificación
Cuando estén en España el primer paso será identificar las especies. Muchas son desconocidas, con lo que hay que darles un nombre. Cada investigador tiene su parcela. Y la de Cristobo es desarrollar la investigación de las esponjas. La labor de determinar quién es quién se lleva a cabo conjuntamente en el oceanográfico de Gijón y en la Universidad de Barcelona.

Una vez que se conoce la especie se examinan los compuestos químicos que posee el organismo en su interior. Y se experimenta con ellos.

Por ejemplo, explica Cristobo, “damos de comer extracto de una esponja a una estrella de mar. Si la estrella la rechaza, nos da una pista de que la sustancia puede ser anticancerígena”. El último paso será buscar organismos que producen esas sustancias para que las empresas farmacéuticas trabajen con ellas. Hasta ahí llega la labor del grupo de científicos marinos. En ese momento las farmacéuticas cogen el testigo. Es un proceso de años que obtiene los primeros resultados, más o menos, a los tres años.

El trabajo en el laboratorio Ahora, ya en tierra firme, toca la labor de laboratorio. Poco que ver con el día a día en el polo sur. La jornada satiscomenzaba a las ocho de la mañana.

La tarde anterior ya habían cerrado la agenda del día siguiente. A las diez y media de la mañana preparaban los equipos y todo el material para bucear.

Una zódiac les trasladaba desde la base militar hasta el punto donde iban a realizar las inmersiones. Solía ser un viaje corto. No más de media hora o 45 minutos. “Comenzábamos a bucear y a recolectar las muestras.

Las trasladábamos vivas hace la base y en el laboratorio las separábamos por especies. Las etiquetamos y se congelaban a veinte grados bajo cero. No se descongelarán hasta que lleguen a España para evitar que se rompa la cadena de frío”.

Para descender a las profundidades se dividían en dos equipos. De tres personas cada uno. Uno salía por la mañana y otro, por la tarde. Los que no están recogiendo muestras, están en laboratorio. “El local está a temperatura ambiente porque es cómo tienen que mantenerse los animales. En el laboratorio estábamos hasta que el cuerpo aguantara”.

No es la primera vez que el director del oceanográfico pisa suelo antártico. Con esta última, ya son seis. Pese a que la vida en la Antártida es dura, este investigador gallego y asturiano de adopción (lleva en Gijón seis años), se ha ido con muy buen sabor de boca. “El ambiente de trabajo ha sido muy bueno. Tener la oportunidad de participar en la campaña una sola vez ya es un privilegio. Esta es mi sexta campaña y soy muy feliz”.

Una buena relación con los compañeros “y una buena cocina preparada por los cocineros de la base”, ayudan, y mucho, a hacer más llevadero las malas condiciones de la zona. Han tenido poco tiempo para conocer más allá de la isla Decepción. Aún así “alguna tarde hemos realizado excursiones para conocer un poco más la zona donde estábamos”.

Las campañas científicas

Desde 1998, el trabajo del equipo científico se ha llevado a cabo en distintas campañas. En el mar de Weddell, a bordo del barco oceanográfico Polarstern,y en la isla Decepción, con la base española antártica Gabriel de Castilla como centro de operaciones. Desde la base el equipo desarrolla una amplia labor científica, que incluye tanto los protocolos experimentales en el laboratorio como el muestreo de los fondos marinos, mediante inmersiones con escafandra autónoma en las inhóspitas aguas polares.

Ya hay estudios previos sobre ecoecología química de invertebrados antárticos en el marco de los proyectos Ecoquim, Actiquimwhales y Actiquim que ya han dado resultados muy positivos y han permitido obtener extractos y sustancias naturales bioactivas de invertebrados bentónicos antárticos que proporcionan información sobre la ecología química de las especies implicadas y a la vez son útiles para el ser humano por su potencial farmacológico.

En este último proyecto –Con Conxita Ávila como investigadora principal– han ampliado la experimentación a estudios de defensa ante distintos tipos de depredadores (incluyendo microdepredadores), toxicidad frente a organismos de pequeño tamaño y larvas, citotoxicidad, y actividad antifouling, “con resultados excelentes”. Además, han recolectado nuevas muestras, ampliando el rango de organismos a estudiar al incluir otros organismos antárticos. Además del uso famarcéutico, los investigadores realizarán una cartografía (SIG) de las comunidades de invertebrados bentónicos de Caleta Balleneros (isla Decepción), para poder evaluar el impacto generado por la actividad turística, e identificar los aspectos relevantes para gestionar y planificar el turismo. La idea es satisfacer la demanda de los usuarios sin alterar de forma irreversible los recursos naturales marinos (evaluando la susceptibilidad de la diversidad biológica y química ante el impacto humano en la zona).

Equipo del Oceanográfico Han sido dos meses de intenso trabajo. Ahora, queda ya, en tierra firme, analizar cada muestra e investigar sus usos. Las especies llegarán más o menos en un mes. Comenzará ahí un trabajo de campo que requerirá muchas horas de laboratorio, en el Oceanográfico de Gijón.

Pero, si de algo está seguro Javier Cristobo es que, igual que en la Antártida, el ambiente en Asturias es muy bueno. “Estoy muy orgulloso de trabajar con la gente que trabajo. Es un equipo muy bueno”.

Los resultados que se extraigan de Asturias serán pieza esencial en el camino que ha iniciado el hombre para ganar la batalla a sus depredadores. Y es que, según el Instituto Nacional del Cáncer de EEUU, sólo el 0,01% de las muestras de origen terrestre sometidas a ensayos en laboratorio demuestran potencial antitumoral. El porcentaje asciende al 1% en las de procedencia marina. El futuro parece estar en el océano.

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